18 abril 2014

El excéntrico mundo de Bryan Fuller

Cuando el interés en la segunda temporada de "Héroes" empezó a decaer, los fans encontraron una posible razón para ello en la marcha de Bryan Fuller, que se había encargado de desarrollar el personaje de la animadora Claire y que había escrito "Company man", para algunos el mejor episodio no sólo de la primera entrega, sino de toda la serie. Fuller había dejado a las personas con habilidades especiales de Tim Kring para probar de nuevo suerte creando sus propias series, en este caso con "Pushing daisies", y cuando ésta fue cancelada, y se anunció que regresaría para la cuarta temporada, hubo quienes pensaron que "Héroes" podía remontar. Los problemas de esa serie eran más profundos para que la vuelta de un guionista fuera la panacea, pero esto nos sirve para introducir un poco la figura de este peculiar tipo, alguien que comenzó en Hollywood escribiendo para "Star Trek: Deep Space 9" y "Star Trek: Voyager" y que ahora tiene a la crítica a sus pies gracias a "Hannibal".

Esta serie es una aplicación al terror y lo macabro de todo su peculiar mundo, porque lo que no puede negarse es que Fuller posee un punto de vista muy personal. Sus series suelen poseer todas un estilo visual muy característico (incluso la fallida "Mockingbird Lane", de la que sólo se vio el piloto), y en ellas es habitual que se mezclen dramas familiares de toda clase y condición con toques de humor, a veces bastante negro, con planos bastante imaginativos para estar en televisión y con cierto interés por la muerte y, más en concreto, por las consecuencias que provoca en quienes siguien vivos. Tres de las creaciones de Fuller, de hecho, giran de un modo bastante central alrededor de la muerte. En "Tan muertos como yo", sus protagonistas se encargaban de recolectar las almas de los que iban a morir y las escoltaban en su paso al más allá; en "Pushing daisies", Ned tenía la habilidad de resucitar a cualquiera con sólo tocarlo, y de matarlos definitivamente si los tocaba por segunda vez, y en "Hannibal" se mete directamente en terreno de asesinos en serie cuyos crímenes a veces parecen más instalaciones artísticas de Damien Hirst.

Acercarse a  la primera serie que creó es de lo más curioso, porque ahí están ya todas las semillas de las características comunes a todos sus trabajos. Dicha serie era "Wonderfalls", y probablemente sea la más peculiar y "marciana", si queréis, de todas. Apenas duró cuatro episodios en la midseason de 2003/04 en Fox, y acabó ganándose cierto estatus de culto cuando salió editada en DVD, después de mucha campaña de sus pocos pero ruidosos fans. La serie está ambientada en las cataratas del Niágara y, en concreto, en una tienda de souvenirs en la que trabaja Jaye. una veinteañera licenciada en Filosofía por la prestigiosa universidad de Brown, pero que está en un momento de su vida más bien apático y cínico, más cerca de aquel "preferiría no hacerlo" de "Bartleby, el escribiente". Alrededor de Jaye se mueven su familia, su jefe en la tienda, sus amigos del bar cercano y, oh sí, las estatuas y peluches de animales de la tienda, que le hablan y le convencen para que ayude a otras personas.

Si suena "raro" es porque lo es, y porque el tono de "Wonderfalls", más cercano a "Pushing daisies" pero sin canciones ni romanticismo, es bastante excéntrico. No obstante, superada la primera toma de contacto, resulta una serie divertida anclada en una estupenda interpretación de Caroline Dhavernas, con la que Fuller ha vuelto a contar enh "Hannibal". Ella da vida a Jaye en todo su cinismo, su inseguridad, su inteligencia, su incredulidad cuando las cosas empiezan a hablarle y también en su humanidad. Es un personaje que puede resultar complicado porque su personalidad no es sencilla, pero tarda muy poco en convertirse en alguien del que queremos saber más cosas, queremos saber si finalmente averiguará qué hacer con su vida. Sólo son trece episodios, pero quizás por eso "Wonderfalls" es de esas series canceladas que se ha ganado más fans años después de su "muerte".

16 abril 2014

El hotel de los líos


Uno de los éxitos de taquilla más sorprendentes de la primavera en Estados Unidos es "El Gran Hotel Budapest", la última película de Wes Anderson. Se estrenó de for,a limitada el 7 de marzo en sólo cuatro cines, y recaudó más de 800.000 dólares ese primer fin de semana, teniendo la mayor media por sala. Al siguiente viernes, se exhibía en 66 salas, y volvió a tener la media por pantalla más alta (superando los 55.000 dólares). Para cuando llegó el día 28, cuando se estrenaba ya a nivel nacional, estaba entre las seis cintas más taquilleras de ese fin de semana (el mismo en el que se estrenó "Noé"), y seguía teniendo una altísima recaudación media por pantalla. Terminó marzo como la octava en taquilla, apenas tres millones de dólares por debajo de lo que había hecho "Need for speed", por ejemplo, que se había estrenado por todo lo alto el día 15, y ya ha superado los 100 millones de dólares de recaudación, de los que más de sesenta corresponden al mercado internacional. No se acerca aún a "Los Tenenbaums", que es la cinta más taquillera de Anderson, pero con "El Gran Hotel Budapest" y "Moonrise Kingdom", el cineasta ha vuelto a situarse en primera línea entre los realizadores estadounidenses.

Es curioso que tenga esa aceptación, teniendo en cuenta lo muy particular que son sus trabajos y, sobre todo, su sentido del humor. El tono de sus dos últimas películas oscila entre la ironía del moderneo, lo naíf, la nostalgia y algunas connotaciones bastantes serias, sobre todo en la historia de ese recepcionista de un elegante hotel de montaña en un ficticio país del este de Europa, durante la época de entreguerras. Gustave H. es muy eficiente, también es un playboy para las mujeres mayores adineradas que se alojan en el hotel, y vive anclado en una época de buenos modales y elegancia que ya no existe, arrasada por la intolerancia, la ignorancia y la maldad que representan tanto esos policías que piden documentación en la frontera, como el codicioso hijo de la viuda cuya muerte inicia toda la trama. Ésta es una mezcla de historia de policías y ladrones, comedia deadpan sutil y con un toque absurdo, historia de amor de juventud y, muy al fondo, un drama histórico ficticio (aunque no es difícil identificar qué región europea y qué guerra se está representando sin nombrarlas).

En los títulos de crédito finales se menciona que "El gran hotel Budapest" está basado en la vida y los escritos de Stefan Zweig, autor austríaco en el que se basó "Eyes Wide Shut", de Stanley Kubrick, y que fue uno de los de mayor éxito en el periodo de entreguerras. El ascenso de Hitler lo llevó a emigrar a Inglaterra y, más tarde, a América, donde acabó suicidándose en Brasil en 1942, incapaz de soportar más la situación de guerra y totalitarismo en la que había caído Europa. Esa inspiración se nota en la tristeza que aparece de vez en cuando por debajo de los tonos pastel y las simétricas composiciones de todos los planos, y también en ese traspaso de conocimientos de generación en generación que simbolizan los saltos temporales que abren y cierran la película. En realidad, "El gran hotel Budapest" gira más en torno a la narración de historias y al efecto que tienen en nosotros. El personaje de F. Murray Abraham y el propio Gustave H. impulsan la trama al contar sus recuerdos, de hecho. Y otra cosa por la que destaca mucho la cinta es por el estupendo nivel de su reparto, encabezado por un Ralph Fiennes inmenso.

15 abril 2014

Ley de vida

 
El año pasado ya comentamos que, en cuanto "Mad Men" y "Juego de tronos" coinciden en las parrillas, pobres de aquellos que no vean ninguna de las dos series, porque casi no encontrarán conversaciones de otros temas. Los blogs estadounidenses sólo tienen ojos para los últimos gifs de Joan Harris y el último giro inesperado de la trama en Desembarco del Rey, pero mientras ambas series dominan las conversaciones y las disecciones episodio a episodio, cada una se encuentra en un momento muy diferente de su vida. "Juego de tronos" está ya en la cuarta temporada, pero también está en una curva ascendente de popularidad y audiencias que bien podría estar muy cerca de alcanzar el cénit, mientras para "Mad Men" no sólo es la séptima entrega, sino que es la última (o la primera parte de la última), y ya tuvo ese momento cumbre hace dos o tres temporadas. Su curva se encuentra en la fase de declive, como parecen atestiguar unas audiencias en su estreno que son las más bajas que ha tenido desde 2008.

Hace casi exactamente un año, cuando se supo que AMC iba a emplear con Don Draper la misma táctica de dividir la última entrega que utilizó con "Breaking Bad", Vulture ya profetizaba que "Mad Men" no seguiría el ejemplo de Walter White y no explotaría de repente en los ratings de Nielsen, triplicando sus audiencias cuando más cerca estuviera de echar el cierre definitivo. "Breaking Bad" iba encaminada hacia un final que se prometía climático, que iba a dar respuestas, que debía solucionar las tramas orquestadas desde el principio. "Mad Men" no funciona así. Incluso el misterio de la identidad de Don Draper no es tal, y no hay un motor que impulse la historia como un tren sin frenos hasta el final, tipo la persecución de Heisenberg por parte de la policía y de sus otros enemigos. Habrá algún tipo de clímax emocional, pero el mundo de estos publicistas se mueve por otras reglas. "Breaking Bad" se prestaba más a los maratones a lo loco, a la adicción de no poder parar de ver capítulos porque quieres saber si Jesse logrará salir con vida de todo. El ritmo en "Mad Men" es más contemplativo, lo que está en juego es diferente y no es cuestión de vida o muerte. Es fascinante de ver, pero es diferente.

No es extraño, además, que series que van a finalizar en su séptima temporada no experimenten un repunte en las audiencias. Lo normal es que hayan tenido un declive en ese aspecto y que sólo suban ligeramente cuando se acerquen los últimos episodios (que recordemos que, para "Mad Men", no se verán hasta el año que viene), y eso se aplica hasta a títulos adorados por la crítica como el de Matthew Weiner. Es ley de vida, y más cuando la serie en cuestión llegó a su momento de mayor gloria algunas temporadas atrás. En el caso de "Mad Men", las audiencias nunca han importado demasiado (importa más quién la ve que cuánta gente la ve), y dónde demostraba su ascendencia era en las entregas de premios. Ahí también hay ciclos y modas, y la serie tuvo un arranque tan fulgurante y un dominio tan completo durante cuatro años, que era inevitable que, en cuanto apareciera alguna novedad que los académicos consideraran suficientemente cool como para reconocerla, la dejarían de lado.

Como decimos, es ley de vida. "Mad Men" ha seguido un poco el camino que Don Draper ha trazado en la serie; empezó en la cima y tiene que vivir un inevitable declive, pero eso no quiere decir que, el próximo año, no vayan a llenarse otra vez los blogs de recordatorios, análisis, resúmenes con gifs y listas de lo más variado sobre su legado. Su hueco en el panteón televisivo no se lo van a quitar.