11 diciembre 2007

Ingenio y figura

Cuando La 2 empezó a emitir "Las chicas Gilmore", formaba un extraño programa doble los miércoles por la noche con "A dos metros bajo tierra". Era extraño porque el tono de ambas series no podía ser más distinto, a pesar de que las dos se centran en las peripecias de dos familias muy peculiares. He de confesar que, en aquella época, me dejé llevar por un arranque de gafapastismo y sólo veía la serie de la funeraria de los Fisher, que empezaba a las 23. No me llamaba demasiado la historia de la madre soltera y su hija adolescente pero, haciendo tiempo, a veces veía trozos sueltos. De ellos, lo que me llamó mucho la atención eran los diálogos ingeniosos y divertidos que intercambiaban madre e hija, pero nunca llegué a pasar de ahí.

Ahora que, gracias a las ByTheGirls, estoy realizando una inmersión en toda regla en el mundo de Stars Hollow, me doy cuenta de que debería haberles dado una oportunidad. Más aún, reconozco que me han enganchado completamente, y es precisamente su marca de la casa, los diálogos como ametralladoras llenos de referencias culturales, los que han obrado el milagro. Si no fuera por ellos, y por unos personajes que tienen todos su excentricidades particulares, la serie no pasaría de ser otro drama a lo "Cinco en familia". El anclaje en las tres generaciones de mujeres Gilmore (Emily, Lorelai y Rory) nos permite ver cómo las tres se parecen mucho entre sí, mucho más de lo que querrían admitir, y cómo esos parecidos son las principales fuentes de conflictos y discusiones, lo que suele ser muy habitual en la vida real.

Al menos en las primeras temporadas (en las que yo estoy ahora mismo), "Las chicas Gilmore" equilibraban perfectamente los momentos más culebroneros con chistes verbales interpretados bajo las premisas de Howard Hawks en "Luna nueva", es decir, a toda velocidad. Esa conversación veloz e ingeniosa, su adicción al café y un buen montón de dudas y contradicciones son lo que, sin duda, convierten a Lorelai Gilmore en uno de los mejores personajes de la televisión reciente, un personaje que tuvo la enorme suerte de encontrar a una comediante tan dotada como Lauren Graham (su timing debería estudiarse en las escuelas). El mejor ejemplo de cómo se las gastaban en la serie es esa descacharrante escena en una de las primeras cenas de los viernes en casa de los padres de Lorelai: "¿Dios vive en Londres?"
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