29 agosto 2012

La subjefa y el sheriff

La última escena de "The Closer", de la que no espoileamos nada si decimos que muestra a Brenda en un ascensor, nos deja una imagen muy apropiada como cierre, que resume buena parte de las cosas que hacían a Brenda Leigh Johnson como la hacían. Las tres principales características externas de la subjefa desde el principio, sus "gracias, muchas gracias", su gran bolso negro y sus chocolatinas, vuelven justo para esos momentos finales, permitiendo que nos podamos despedir de ella como Dios manda. Brenda también salda viejos asuntos pendientes en el último capítulo, y después de los golpes emocionales que se ha llevado a lo largo de la séptima temporada, no está mal que el final le conceda un pequeño respiro. Porque esta última temporada nos ha mostrado cómo todos los actos de Brenda tienen consecuencias, y todas las veces que ha engañado a los sospechosos y no ha jugado limpio con ellos para lograr una confesión han terminado volviéndose contra ella.

La demanda del abogado Goldman y su cruzada contra otro abogado, con un lado muy oscuro, Phillip Stroh, han marcado un camino en el que Brenda empezaba a ver que no podía seguir mucho más así, con esos métodos y ese modo de tomarse su trabajo de un modo tan personal. Al final, las tramas familiares de Brenda han acabado pesando más que las laborales en su deriva personal, y en las tramas familiares incluimos también su relación con los detectives de Crímenes Prioritarios y, especialmente, con el sargento Gabriel. Éste siempre fue su ojito derecho (en la tercera temporada, creo, hay una impagable escena en la que le enseña cómo notificar una muerte a la familia para conseguir al mismo tiempo información sobre el fallecido), y la confrontación que tienen al final es uno de los momentos más tensos del último capítulo. La despedida de Brenda, a pesar de cierto tono demasiado melodramático (que empezó a notarse un poco ya en la sexta temporada), ha sido muy apropiada y en sintonía con cómo es ella y su evolución en la serie.

Ya comentamos un par de veces antes que "Longmire" se había convertido, casi sin pretenderlo, en una pequeña revelación veraniega. No es una serie innovadora y no tiene aspiraciones de serlo; sus pretensiones son bastante más modestas, centrándose en entretener y en ofrecer un retrato creíble casi más que de los personajes, del ambiente que se respira viviendo en un pueblo pequeño de un estado con una naturaleza tan del salvaje Oeste como Wyoming. Como comentan en "Quinta temporada", uno de los aspectos más interesantes de estos primeros diez episodios es el modo en el que nos acercan el modo de vida de una reserva india. Unas cuantas series lo han hecho con anterioridad (ahora recuerdo parte de la segunda temporada de "The Killing", con su casino indio, y un genial capítulo de también la segunda de "Life"), pero "Longmire" va un poco más allá e integra más a los cheyennes en las historias del condado, y no sólo porque el mejor amigo de Walt sea un cheyenne.

En las escenas entre Walt, Vic, Branch y, especialmente, el ingenuo Ferg y Ruby, la secretaria (que es la abuela Saracen de "Friday Night Lights") se nota que los dos responsables de la serie vienen de "The Closer", porque terminan mostrando la relación entre todos ellos a través de pequeños detalles. Las miradas que Vic le lanza a Walt cada vez que aparece en escena cierta vecina viuda no tienen precio, por ejemplo, y las puestas al día en la austera comisaría a veces recuerdan a las que Brenda hacía con Gabriel, Provenza y compañía. Hasta se le pilla el truco a Longmire, que no es uno de esos sheriffs carismáticos de la películas del Oeste, y tampoco se encuadra en el tipo del pistolero (que es un poco el de Raylan Givens en "Justified"); Walt está chapado a la antigua, tiene unos principios muy sólidos que sigue a conciencia, pero también tiene en su interior mucha melancolía y mucha rabia. Es más un personaje de western que del noir, y oculta también unos secretos que son el cliffhanger con el que nos quedamos hasta el próximo verano.
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